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Pueblo Kichwa de Lamas

Ubicación

El pueblo Kichwa de Lamas se ubica principalmente en en la provincia de Lamas en la Región San Martín, aunque también habitan las provincias del Dorado, Bellavista, Picota, Tocache, Huallaga y San Martín.

Historia

En la actualidad el imaginario colectivo de Lamas, define su identidad ancestral, a partir de una filiación pre-hispánica con los Chankas, quienes se supone se instalaron en la zona en época Inkaika. No obstante, según algunas fuentes históricas, en la Región San Martín, entre el siglo XVII-XVIII, existían 12 pueblos indígenas: Lamistas o motilones, Tabalosos, Suchichi, Cascoasoa o chazutinos, Amasifuén, Payansos, Huatana, nindaso, nomona y zapaso, Chedua, alon y cholto, Cumbaza o Belsano, los cogmonomona, los hibitos y los cholones.

La llegada de los españoles representó una transformación del paisaje social de la zona. Primero, con intervenciones paulatinas de colonización y la fundación de ciudades, como Moyobamba (1532-1539). Segundo, consolidando el contexto de colonización y acción misional, se establecieron en la zona por medio de reducciones franciscanas y jesuitas a la par que se fundaba pequeñas ciudades (1600-1800), como Lamas en Octubre de 1656, con el nombre de “Ciudad del Triunfo de la Santa Cruz de los Motilones”; Rioja (1772) y Tarapoto (1782). Por otro lado, se crearon también los centros poblados indígenas como Wayku, Tabalosos y Shanao (XVII-XVIII).

Con el transcurso de los primeros años de la conquista de la zona no tardaron en aparecer las epidemias, que provocaron las movilizaciones de la población de un lugar a otro. El resultado de ello fue la fundación de nuevos asentamientos, pero también las resistencias y procesos de asimilaciones, todo lo cual comenzó a definir el paisaje social, hasta la actualidad. Con todo ello, los diferentes pueblos indígenas, reducidos demográfica y territorialmente, fueron adoptando no solo la lengua quechua (difundida desde las misiones) como lengua franca, sino que fueron también olvidando sus idiomas y gran parte de sus formas particulares de vida, aunque quedaron de cierta forma algunos marcadores de identidad diferenciada como serían los apellidos o topónimos (en ese sentido aún ahora hay personas que se apellidan amasifuén o regiones y comunidades con nombre de motilones, tabalosos, etc); algunas actividades económicas y espirituales (recolección, caza, pesca, shamanismo) y por último algunas fiestas, que si bien a ojos menos entrenados se parecen mutuamente, estas se convierten en objetos de diferenciación local (Barclay: 2001).

Los inicios de la república, trajeron consigo cambios en las dinámicas de la zona. Primero, transformaron los estatus diferenciados internos (diferentes grupos indígenas), igualando a todos los indígenas frente al Estado y, con ello, algunos aspectos de autonomía alcanzados en la colonia, los cuales permitían a los pobladores de la zona a diferencia de otros indígenas de la región, autogobernarse y protegerse del abuso del patrón. En segundo lugar, las poblaciones nativas fueron insertadas a la economía extractiva que se sostenía en la fuerza de trabajo indígena. De ese modo, se produjo un proceso de transición que, si bien en un principio fue dificultoso y con algunas fricciones inevitables (algunos motines en el Huallaga), al final terminó por ceder y consolidarse sobre la estructura de dominación de la zona (Calderón: 2003).

A finales del siglo XIX y principios del XX, se inició el boom del caucho en la selva baja. Esto representó una reducción demográfica importante en la zona debido al desplazamiento de población mestiza y por el reclutamiento de la fuerza de trabajo. Luego, la declinación del caucho se tradujo, a partir de 1940, en la recuperación demográfica de la región, pero se mantuvo la modalidad de actividad extractiva, esta vez vinculada a las pieles, maderas, animales ornamentales, barbasco, etc. Además, se profundizaron las brechas sociales, mediante relaciones asimétricas y encubiertas preexistentes legitimadas por fronteras étnicas, que homogenizaban a la población indígena bajo epítetos discriminadores como bestias, indios o salvajes (Calderón: 2003).

Es importante mencionar también que a partir de 1940 comenzó también la interconexión vial que expandió las fronteras económicas y abrió el flujo migratorio, creando una doble vía de salida e ingreso intenso ya no solo a regiones de selva baja, sino -esta vez- hacia y desde la sierra y la costa. Como lo declara Rengifo, la ideología que anima este proceso fue la concepción de la región amazónica como un territorio vacío que debía ser conquistado y explotado, refrendado esto con las representaciones del territorio a partir de los censos como un espacio vacío y con gran potencial agropecuario (Rengifo: 2007). En los años setenta y principios de los años 80 del siglo pasado, se consolidó este patrón geopolítico, mediante la promoción desde el Estado de diversos proyectos de infraestructura, pero también económicos y legales como la articulación al eje vial de la Marginal, el Proyecto Huallaga central Bajo –Mayo, Alto mayo y Alto Huallaga, así como el pronunciamiento de leyes de acceso a la propiedad individual y comunitaria (G. R. San Martín: 2009; Calderón: 2003).

Estas interconexiones promovieron las migraciones andinas, lo que trajo consigo cambios profundos en las modalidades de uso del territorio, y en las formas organizacionales, fragmentándose los grupos sociales, generando presión sobre el territorio, y enfrentándose a situaciones de despojo crecientes. En esos tiempos, las poblaciones comenzaron un proceso de movilización desde sus núcleos poblacionales (Puga: 1989) hacia lugares de uso tradicional, en búsqueda de nuevos espacios de producción y asentamiento. Así, se crearon muchos caseríos que accedieron a títulos prediales individualizados o en todo caso, se asentaron con un interés comercial a la par que como estrategia para poder acceder a recursos escasos en sus antiguos espacios de asentamiento. Pero sin la apropiación de los mecanismos legales que el Estado ponía su disposición como población nativa.

Durante los años 70 y principios del siglo XXI, la población se enfrentó al crecimiento del boom petrolero, que también reclutó mano de obra para las etapas de exploración en la selva baja, en Loreto –boom que a inicios de los 80 decreció por la sustitución de las etapa de exploración por explotación, la cual demandaba población local y especializada. Por otro lado, la frontera agrícola se expandió, habiendo un crecimiento intensivo de las unidades agropecuarias (con monocultivos de café, arroz y coca) que en 1961 representaban 137 000, pero que para 1994, eran un promedio de 1 474 525, solo en unidades campesinas. Un aspecto importante a tomarse en cuenta son algunos datos que indican que entre 1981 y 1993, 200 000 familias de pequeños campesinos estaban ligados a la producción de coca, esto entre los departamentos de Huánuco y San Martín (Rengifo: 2007).

Finalmente, durante los 90 se fortaleció la fundación de organizaciones indígenas que se constituyeron en el principal ente de promoción de protección a los derechos del territorio de las poblaciones que aún se definen a sí mismas como nativas. Eso ha generado, hasta la actualidad, un proceso de luchas por la soberanía fragmentada de dichas comunidades sobre la incursión creciente de inmigrantes, de empresas extractivas o de entes que quieren apropiarse de lo que les pertenece por tradición ancestral.

Población

Según el censo del INEI 2007, el pueblo quechua de Lamas tiene una población de 16 929 personas, lo que representa el 1.2% del total de población indígena del Perú. Están ubicados principalmente en el departamento de San Martín.

Situación social

Para el caso de San Martín, el informe: Evolución de la Pobreza 2010 del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI: 2011), indica que esta región se ubica en tasas de pobreza promedio (31.1%). El PBI de San Martín es el 1.2% del PBI nacional y la actividad económica principal es la agricultura, caza y silvicultura (29,7%).

Por otro lado, según el Informe sobre Desarrollo Humano, Perú 2009 del PNUD, el departamento de San Martín se encuentra ubicado a nivel nacional en los rankings 14 y 18 (de un total de 24), referidos a los Índices de Desarrollo Humano (IDH) e Índices de Densidad del Estado (IDE) respectivamente (0,5902; 0,5794). En el caso de la provincia de Lamas –donde se concentra el diagnóstico-, los IDH (0.5606) e IDE (0.4743), la ubican a nivel nacional en los puestos 119 y 147 respectivamente, de un total de 195.

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